LAS APARICIONES PASCUALES
1. Signo de Cristo resucitado. El evangelio de hoy relata dos apariciones de
Cristo resucitado a sus discípulos. En la primera de ellas está ausente el
apóstol Tomás y presente en la segunda, a los ocho días. Hemos de entender estas
apariciones como signo fehaciente de la resurrección de Jesús. Vienen a
confirmar el dato de su sepulcro vacío, y suscitan y avalan decisivamente la fe
de los apóstoles y de la comunidad eclesial en el hecho real y cierto de la
resurrección de Jesús.
Las apariciones son contactos personales con el mismo Jesús resucitado, vivo y
en persona; son experiencias de fe con base objetiva. De las apariciones de
Cristo se siguen, como efecto inmediato, la fe y la total transformación
personal de los apóstoles, destinatarios principales de las mismas. Aunque
algunas apariciones tienen destinatario individual, las más son comunitarias. El
número de las apariciones pascuales suma unas diez, y sus rasgos comunes son
éstos:
a) La iniciativa es siempre de Jesús. Todas las manifestaciones de Cristo
resucitado tienen lugar siempre por iniciativa de él mismo. El Señor aparece y
desaparece de manera inesperada, incluso con las puertas cerradas. Ninguna
aparición sucede de noche ni en sueños, ni es provocada por la ilusión,
expectativa o alucinación subjetiva del grupo de los discípulos, como afirmó la
crítica racionalista, en contradicción abierta con los hechos.
Los apóstoles, rudos pescadores y gente sin letras en su casi totalidad, no eran
hombres proclives a especulaciones y montajes ideológicos. Con la losa del
sepulcro de Jesús quedaron enterrados sus sueños mesiánicos. Por eso en un
principio no creyeron las noticias de las mujeres que volvían del sepulcro con
mensajes de ángeles sobre la resurrección del Señor.
b) Jesús no es reconocido en un primer momento.
Ésa es la constante: cuando aparece Jesús ante ellos y los saluda con la
paz, dudan, temen y se muestran reacios a creer, si no incrédulos. Eso
motiva el que Cristo aporte signos e indicios de su identidad, enseñándoles las manos, los pies y el costado con las llagas de la
crucifixión.
Siendo Jesús el mismo a quien conocieron, ¿por qué no lo reconocen en un primer
momento ni María Magdalena, ni los dos de Emaús, ni algunos apóstoles en el
monte sin nombre de Galilea, ni los discípulos en el lago de Tiberíades? ¿Por
qué dudan cuando lo ven presente ante ellos, si ya lo conocían de años de
convivencia? Esto demuestra claramente que la figura corpórea de Cristo no era
la misma que la de antes de su resurrección. Jesús posee ahora un cuerpo real,
pues no es un fantasma; pero su cuerpo ya no es material, sino glorioso -"cuerpo
espiritual", diríamos con san Pablo-, cuerpo inmaterial capaz de atravesar los
muros y las puertas cerradas.
c) El reconocimiento de Jesús por sus discípulos tiene lugar en un segundo
momento, motivado por una palabra, un signo u otro gesto característico de él,
que les convence de la continuidad personal y corpórea entre el Jesús de antes y
el de ahora después de muerto. De pronto captan plenamente la presencia de
Cristo resucitado y vivo ante sus ojos, y en medio de ellos. Están totalmente
seguros: ¡Jesús vive!
Este reconocimiento entra ya en el campo de la fe y es descrito en los relatos
pascuales de los evangelios como un proceso gradual desde las vacilaciones
iniciales hasta la certeza plena que alcanza una fe adulta; madurez de fe que es
capaz de entender ahora las profecías del antiguo testamento y las del mismo
Jesús, así como su promesa del Espíritu, que es el gran don del Resucitado. Este
proceso de fe de los apóstoles, hasta autodefinirse como testigos de la
resurrección de Cristo, fue lento y sin entusiasmos histéricos. Su conversión en
testigos, hasta el martirio, demuestra una transformación personal, obra del
Espíritu, que no tiene explicación posible si no es verdad lo que afirman y
pregonan por todo el mundo: Jesús, el Mesías, resucitó; y nosotros lo hemos
visto, somos testigos.
d) El envío misionero. Finalmente, en la mayoría de las apariciones pascuales al
grupo de los discípulos los cuatro evangelios acentúan en labios de Jesús la
misión de los apóstoles para la evangelización y el testimonio. Es el mandato
misionero. Para esta misión de la Iglesia, que es la misma de Jesús, él les da
la fuerza y el dinamismo de su Espíritu.
2. La finalidad de las apariciones era suscitar y avalar la fe de los apóstoles
y de la primera comunidad, germen de la Iglesia
futura. Pero los relatos de las mismas, como el evangelio de hoy, se escribieron
para los cristianos de la segunda generación y sucesivas en la historia, es
decir, para nosotros. Para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios;
y para que, creyendo, tengamos vida en su nombre (Jn 20,31).
Estamos tentados a sentir santa envidia de los apóstoles que tuvieron la
experiencia personal de Cristo resucitado. Sin embargo, en cierto sentido,
nuestra fe tiene más mérito y nuestra fortuna es mayor al ser herederos de la
bienaventuranza de la fe que brotó de labios del propio Jesús cuando concluyó su
conversación con Tomás: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean
sin haber visto (evangelio).
Bienaventurados los creyentes, pues alcanzan la vida nueva que Jesús resucitado
nos transmite por su Espíritu, coronando así la obra que el Padre le encomendó.
Esa vida de Dios es la que renueva al cristiano que cumple los mandatos de Jesús
y su enseñanza. Lo cual requiere asimilar sus propios criterios y actitudes
mediante una conversión que transvase la fe y los sacramentos pascuales que
celebramos a la prosa del vivir cotidiano.
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