II DOMINGO DE CUARESMA

 

Homilía de B. Caballero

 

UNA EXPERIENCIA DE ORACIÓN

 

1. En un momento de crisis. En el evangelista Lucas, como en Mateo y Marcos, el contexto mediato que precede a la transfiguración del Señor es el escándalo y desánimo que produce en el grupo de los apóstoles el anuncio que de su pasión y muerte les hace Jesús, así como las condiciones que les propone para seguirlo. Pero el relato de teofanía que es la transfiguración del Señor tiene un matiz peculiar y exclusivo en el tercer evangelio. Lucas sitúa la transfiguración de Jesús en un contexto inmediato de oración personal de Cristo en comunicación filial con el Padre. Fruto de esta experiencia de oración es la manifestación gloriosa de su divinidad, signo y anticipo de la resurrección del Señor.

"Jesús se llevó a Pedro, Juan y Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió". Esto sucedía de camino hacia Jerusalén, unos pocos días después del primer anuncio que de su pasión, muerte y resurrección hizo Jesús a sus discípulos. Todo eso había provocado el derrumbamiento de las esperanzas mesiánicas, impregnadas de triunfalismo político que, como cualquier judío, abrigaban los apóstoles respecto del Mesías Jesús. La decepción cundió en el grupo, con el consiguiente abatimiento. Era un momento de crisis que anticipaba la lucha agónica de Getsemaní y la desbandada general subsiguiente.

Entonces Jesús recurre a la oración. No es la huida de un derrotado, sino expresión de una necesidad vital para quien vivía en comunión constante con el Padre. En ese contacto personal con Dios sobreviene su transformación que hace brillar en su rostro y condición humana la gloria de su divinidad y su categoría de Hijo amado del Padre, presagiando la luz de su resurrección. Al bajar del monte una nueva energía inundaría sin duda su porte, así como el corazón de los apóstoles, para seguir la marcha hacia Jerusalén, la ciudad que mataba a los profetas.

2. Siempre la oración. Si la oración ha de ser el clima habitual de quien se sabe hijo de Dios y llamado a la santidad cristiana, esa actitud debe intensificarse en los momentos de crisis, para reafirmarnos en nuestra propia identidad. Entonces, sólo puede rehabilitarnos un encuentro personal y suplicante con el Dios que es vida y amor y que los da a quien con él se comunica. Ésa es la lección que se desprende del pasaje evangélico de hoy para cuantos seguimos a Cristo.

Pero no confundamos las cosas. Orar no es hablar de Dios sino hablar con Dios como personas libres, más aún, como hijos suyos. Saber rezar no es difícil; basta hablar con Dios. A veces ni siquiera es necesario hablar, pues escuchar es suficiente. La oración puede ser individual o comunitaria, mental o vocal, espontánea o ya hecha: salmos, plegarias, cantos, bendiciones,... y la oración por excelencia: el Padrenuestro. La oración, como la fe, no queda en el plano conceptual; es vivencia personal. Solamente ejercitándola se posee, y viviéndola se comprende. Por eso debemos crecer siempre en la oración, al igual que en la fe.

Para captar el misterio de lo indecible y después testimoniarlo a los hombres nuestros hermanos, necesitamos orar, ya sea en medio de los quehaceres de cada día, ya sea retirándonos a solas con Dios y "subiendo a la montaña". Pero en un caso y en otro, escuchando a Jesús, que es escuchar al Padre. Todos los grandes santos y espirituales de todos los tiempos han sido cristianos de oración.

Sin embargo, es evidente que hoy día hay crisis de oración entre los cristianos; además de rezar poco, se ora mal cuando se hace. Todo esto porque estamos materializados y porque nos creemos autosuficientes. También se dice que los que oran se desentienden del mundo y que, en cambio, los que quieren revolucionarlo no rezan. Eso explicaría la ineficacia de unos y de otros. Hemos de aprender el equilibrio y la unión entre la acción y la contemplación. Pues la oración, como en el caso de Jesús, no es para plantar nuestra tienda -eso quería Pedro- e instalarnos egoísta y sedentariamente, deteniendo el tiempo en nuestro reloj.

3. No hay cristiano sin oración. Igual que en la vida de Jesús, la oración lo es todo en nuestra vida cristiana: comunicación personal con Dios y experiencia de su amor que nos dignifica; apertura al don de la salvación de Dios y conciencia de nuestra identidad cristiana y condición filial; súplica, bendición y alabanza de su gloria, superación de las crisis de fe y de esperanza, fuerza y aliento en la tarea de cada día, fecundidad del grano de trigo que muere al egoísmo enquistado y sin horizontes, amor solidario con los hermanos y con el mundo, compromiso con la vida, la fraternidad, la justicia y la liberación humana integral, vivencia y renovación de nuestra alianza con Dios por el bautismo y los sacramentos.

Necesitamos el contacto con Dios por la oración para responder satisfactoriamente a nuestra vocación cristiana y realizarnos como seguidores de Jesús, a quien demostramos haber escuchado en lo profundo de nuestro ser. No hay cristiano, no hay apóstol, no hay testigo, sin oración personal y comunitaria. Venturosamente van aumentando los grupos, las vigilias y las casas de oración. Hoy es la ocasión de auto-examinarnos: ¿Rezo yo en mi vida: mucho, poco, nada?

El tema de la oración es muy amplio y desborda nuestro espacio. Limitémonos a añadir la nueva perspectiva que nos abre la segunda lectura de hoy. Para que Cristo "transforme nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa" que vemos reflejada hoy en su transfiguración, hemos de estar atentos a su escucha y unidos a él por la oración. La transfiguración del Señor nos impulsa en una doble dirección: mostrar su rostro a los demás y descubrirlo en nuestros hermanos, mientras caminamos hacia la pascua por la renovación de la alianza bautismal.
 

 

 

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