DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Homilía de B. Caballero

 

                                                    

PASCUA: FIESTA DE LA VIDA NUEVA


1. Pascua: vida nueva para Cristo y nosotros. La resurrección de Jesús es el milagro del comienzo de una vida nueva a partir, precisamente, de la muerte. Pero esta nueva existencia no es el retorno a la vida física de antes, como sucedió en las resurrecciones que leemos en los evangelios. Jesús resucitó para no morir nunca más. Su vida de resucitado no continúa la vida natural anterior, sino otra totalmente nueva y transformada, como lo demuestran sus apariciones pascuales.

Para los apóstoles el resucitado es Jesús de Nazaret, la misma persona que conocieron antes, en perfecta continuidad personal y física; pero su cuerpo, aun siendo el mismo, está inefablemente transformado. Jesús resucitado tenía un nuevo modo de existencia, una nueva vida, para la que no tenían ellos, ni tenemos nosotros, palabra en ningún vocabulario; pues se trata de una realidad que se nos escapa y trasciende las categorías humanas, físicas y biológicas para entrar en el nivel de Dios.

A su vez, la resurrección final del cristiano está en estrecha dependencia de la de Cristo, como se afirma en diversos pasajes paulinos. El Padre resucitará al creyente:

1) Porque éste posee el mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos; y

2) porque es el Espíritu quien, por medio de Cristo, da al hombre la adopción filial de Dios. Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios, a imagen de su Hijo Cristo Jesús, primogénito entre muchos hermanos.

Por Cristo, que es el Hijo por naturaleza, somos hijos adoptivos de Dios. Cristo es nuestra vida y condición nuevas, con dos dimensiones: presente la una, la adopción filial; y futura la otra, la resurrección final. Pero ésta segunda depende de la primera. Así la vida nueva del cristiano no sólo es garantía de resurrección para el futuro, sino también realidad ya presente.

2. El bautismo, sacramento pascual. ¿Cuándo tiene lugar esa nuestra participación en la vida nueva de Cristo resucitado?

En el bautismo, que es sacramento pascual, pues nos incorpora a Cristo en su muerte y resurrección. Así lo expone san Pablo en la lectura apostólica de la vigilia pascual. Los dos tiempos del bautismo en la liturgia clásica: inmersión en el agua y emersión de la misma, simbolizan respectivamente la muerte al pecado y la vida nueva con Cristo resucitado.

La sola infusión de agua es la liturgia bautismal habitual hoy día. Rito que significa simultáneamente el lavado y perdón de los pecados y la vida nueva o adopción filial por Dios. Al realizarse así los dos movimientos (que son uno) de participación en el misterio pascual -muerte y resurrección de Cristo-, queda el neófito incorporado a él y a su cuerpo que es la Iglesia.

Cristo resucitado es el nuevo Adán que restituye al hombre, imagen del Dios de la vida, la dignidad perdida por el pecado. Desde entonces la esperanza, la libertad, la alegría y la solidaridad humanas son posibles en nuestro bajo mundo porque Jesús resucitado establece y consolida el reino de Dios en la tierra de los hombres, y nos posibilita la vida nueva de seres regenerados y redimidos del pecado, que es la vieja levadura (2° lect.).

3. La fiesta de la vida nueva. La fiesta religiosa popular es una constante en la historia de las religiones; y siempre con dos elementos o símbolos básicos presentes en todos los casos: la luz o el fuego, y el banquete o la comida. El fuego, a su vez, es símbolo en dos direcciones: hacia el pasado es liquidación de formas viejas ya caducas, y hacia el futuro es signo de purificación, renovación y vida nueva.

Pues bien, la gran fiesta cristiana, la fiesta de la vida nueva para el que cree en Cristo, es pascua de resurrección, que contiene los dos elementos básicos de la luz y de la cena del Señor. Tan es así que el misterio pascual es lo que celebramos constantemente a lo largo de todos los domingos y fiestas del año litúrgico, e incluso en cada eucaristía diaria. Al tronco añoso de la humanidad pecadora, como al olmo viejo que cantó el poeta, le han nacido nuevas hojas en la primavera que es esta pascua florida de la resurrección de Cristo. Es el Señor quien lo ha hecho; esto ha sido un milagro patente (Salmo responsorial).

La fiesta de pascua, con el fuego nuevo y con la luz del cirio pascual, expresa alegremente nuestra fe comunitaria en la liberación. Mediante la creación del hombre y mundo nuevos, Cristo nos libera del hombre caduco sometido al pecado. Esto no se logra por arte de magia. Dios ha dado el primer paso en la resurrección de Jesús; pero tiene también su precio para nosotros: colaborar personalmente con la gracia y la fuerza del Espíritu, muriendo con Cristo al pecado.

Por eso se nos propone la conversión total: de mentalidad, corazón y conducta como principio de una nueva vida. El cristiano resucitado con Cristo ha de buscar y aspirar a los bienes de allá arriba donde está Cristo, y barrer de su vida el pecado, que es la vieja levadura de corrupción y de maldad. Solamente así seremos la masa nueva del pan ácimo pascual (2° lect.).

Finalmente, otro elemento básico de la fiesta cristiana es la comida fraternal, la mesa comunitaria que expresa la amistad y fomenta la unión de los comensales; amistad y unión que son signos de la presencia de Dios, creador de la vida y renovador de la juventud perenne de su pueblo. La Eucaristía es, pues, el gran sacramento de la fiesta, el signo pascual de la vida y del amor que, partiendo de Dios, se derraman y se comparten entre los miembros de la comunidad de fe hasta rebosar hacia los demás hombres, que son nuestros hermanos en la mesa del Padre común.
(Puede seguir la Renovación de las promesas bautismales: ver Vigilia pascual).
 

              

 

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