I DOMINGO DE CUARESMA

 

Homilía de B. Caballero

 

EL DESIERTO PUEDE FLORECER

B. Caballero
 

1. La figura de Jesús en el desierto abre la cuaresma, iniciada el pasado miércoles de ceniza. Lleno del Espíritu Santo, vuelve Jesús de su bautismo en el Jordán y durante cuarenta días -número simbólico, más que aritmético- es guiado por ese Espíritu a través del desierto inhóspito sin probar bocado.

El relato evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto es una composición bíblico-teológica, cuyo centro es el diálogo que a base de citas de la Escritura mantienen los dos interlocutores: Cristo y Satanás. Lo importante no es el modo mismo de la tentación tal como se describe literaria y magistralmente -todo el proceso de la misma pudo haber sido meramente interno-, sino la revelación que encierra este episodio, común a los tres evangelios sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas.

La revelación contenida en el pasaje de las tentaciones puede sintetizarse en estos tres puntos:

1) Jesús es tentado al comienzo de su misión apostólica.

2) El tema de las tentaciones se refiere a su identidad y funciones mesiánicas.

3) Jesús vence la tentación a base de fidelidad a la voluntad de Dios.

2. La prueba del desierto. Profundizando en el paralelismo divergente que insinúan la primera y segunda lecturas, entendemos que Jesús es el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero en el paraíso (1" lect.). La segunda lectura, de san Pablo, a base del contraste Adán/Cristo, hombre nuevo/viejo, es, en el fondo, un mensaje alegre de esperanza, optimismo y regeneración salvadora para el hombre pecador. Pues todos pecaron; pero donde abundó la culpa del hombre sobreabundó la gracia de Dios.

Situación humana y escenario de prueba, más que lugar geográfico, es el desierto que, al igual que en el adviento, adquiere relieve particular en el paisaje de la cuaresma. Como para Cristo, también para su discípulo la vida es prueba y tentación, es decir, oportunidad constante para la fidelidad al Señor. Incluso en su aspecto topográfico el desierto ostenta un valor ambivalente. Es decir, puede significar el lugar propicio para las grandes teofanías, o sea, para el encuentro y la familiaridad con Dios que se manifiesta en la callada y sonora soledad; o bien paisaje azaroso de tentación, rebeldía y pecado.

Pero es seguro que, como situación humana, el desierto siempre será prueba. Es la vida misma, llena de posibilidades para el servicio de Dios y del hombre nuestro hermano, así como para la victoria con Cristo sobre la tentación y el mal. Aquí, en la libertad humana, que Dios respeta, se juega la carta de nuestra grandeza y de nuestra miseria.

3. Tentaciones del cristiano hoy. Como en el caso de Cristo Jesús, del viejo Adán y del antiguo Israel, éstas son algunas de las tentaciones más frecuentes para el cristiano de hoy en el desierto de la vida:
 

a) Consumismo a ultranza. Es hambrear el pan material, es decir, todo cuanto supone el tener y gastar cosas, con olvido de la primacía del reino de Dios y sus valores; es primar el tener sobre el ser; es disociar la fe de la vida; es olvidar que no sólo de pan vive el hombre, sino también de la palabra de Dios.

En el fondo de la cuestión subyace un dilema básico, una opción ineludible: ser o tener. Es decir, subordinar los bienes al hombre (ser) o supeditar la persona a las cosas (tener). Como cristianos, hemos de optar por el ser sobre el tener. Es la única opción válida para la solución de los problemas humanos, tales como el desempleo y la pobreza, el subdesarrollo y la incultura, el hambre, la enfermedad y la muerte prematura. Porque optar por el ser persona lleva a compartir y a considerar al otro como ser humano y compañero y no como competidor u objeto de explotación. Que venimos del mono es una hipótesis probable, pero que vamos hacia el lobo es una realidad clamorosa, ha dicho alguien.

b) Religión mercantilista e interesada, mágica y supersticiosa, infantil y triunfalista, espectacular y exhibicionista. Tentación más frecuente entre creyentes y practicantes de lo que a simple vista puede parecer. Es querer manipular y domesticar a Dios asegurándose a toda costa su favor a base de mecanismos seudo-religiosos; es entender la fe como un seguro de vida a todo riesgo; es tener un concepto avasallador de la religión y un cálculo mercantil de la práctica religiosa, llegando incluso hasta pedir milagros al servicio de nuestros intereses. Pero Jesús nos avisa: No tentarás al Señor tu Dios. Así proceden quienes olvidan que la fe es riesgo y respuesta sin límites al amor de Dios que en Cristo nos amó primero y sin medida.

c) Los ídolos actuales, sucedáneos del auténtico Dios revelado por Jesucristo. El hombre y el mundo actuales están marcados por el signo de la increencia, a veces incluso del ateísmo militante y, casi siempre, del agnosticismo indiferente. El grito "Dios ha muerto, paso libre al superhombre" que venía pregonando, al bajar de la montaña, el Zaratustra de Federico Nietzsche ha conjurado el surgir de los ídolos, que quieren ocupar la peana del Dios destronado.

4. "Al Señor tu Dios adorarás". En la plaza del falso profeta han puesto su tenderete de baratijas el culto al hombre, el dominio político, el abuso del poder estatal o de los grupos de presión, la manipulación social, la explotación del semejante, la violencia, la alucinación del sexo, del alcohol y de la droga, y el dios consumismo que es un dragón de múltiples cabezas y tentáculos.

Algunos opinan que paulatinamente Dios irá desapareciendo por completo del horizonte humano, porque su imagen ha muerto y la suplanta la figura del hombre técnico de la pos-modernidad. Afirmación poco evidente por la historia de las religiones; pero así interpretan el silencio de Dios. No obstante, lo más alarmante no es quizá el ateísmo declarado, que siempre ha existido en mayor o menor grado, cuanto el fraude de las falsificaciones religiosas que hoy proliferan por doquier.

Ídolo es todo lo que nos señorea y queda fuera de nuestro control; por eso la relación con el ídolo es siempre de tiranía. En cambio la relación con el Dios de la revelación, es decir, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, fundamenta la dignidad y grandeza del hombre, que se siente objeto del amor de Dios Padre. Él lo ha creado a su imagen y semejanza, y lo libera del pecado por Cristo Jesús con la fuerza y vida nueva del Espíritu Santo. Todo lo que sustituye a Dios envilece y deshumaniza a la persona, porque es menos que el hombre mismo. Por eso nos recuerda Jesús: Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto.

 

                                                                    Volver al inicio

               

                                                                 Cuaresma

 

Principal ] Oración mensual ] Celebraciones litúrgicas ] Albia ] Sobre la liturgia ] Familia cristiana ] Sacramentos ] Celebrar el Domingo ] EL DOMINGO ] Homilías ] Lecturas del día ] Red de evangelización ] Contraportada ] Mensaje para la semana ]

Exclusivamente para uso privado. No reproducir.