Una capataz española perdida en el África negra


Publicado en El Mundo. 24 de Septiembre de 2006
 

Imagínese una mujer de 52 años, sola en un país donde impera la ley del más fuerte, capaz de explotar con mano firme un terreno forestal de 600 km2 dirigiendo el trabajo de 200 operarios sin apenas cultura laboral... Se llama Ana Alonso, es leonesa y llegó a Mozambique con la misión pacificadora de la ONU hace 12 años. Hoy, ésta combatiente solitaria de la miseria, detesta la imagen de los cooperantes que “engullen langosta bajo una palmera mientras los chavales lavan sus 4x4 con emblemas tipo ‘save the children’”.

 



                                                                                              

                                                                                     

Por Elena Pita

No huía de nada extraño, nada más que del desgaste de una vida acomodada en el primer mundo, del éxito de sus artículos, de las peleas vanas en una redacción de periódico e incluso de sus propios poemarios, liberadores. Desembarcó su frágil anatomía blanca en una tierra negra y dura. La primera embestida de malaria le redujo a 40 exiguos kilos, pero echó raíces, sola, como el baobab que preside sus bosques: fortísimos los dos. Dicen que el baobab es un árbol puesto del revés, con las raíces mirando al cielo. Ana Alonso (La Bañeza, León, 1954) vigila el cielo a cada instante para saber lo que vendrá. La crudeza de su lucha contra la miseria, la ignorancia y los abusos ha derivado su ateísmo en un humanismo profundo y animista: cree en la fuerza del hombre y su lucha individual, y escucha sin descanso a la naturaleza.

Llegó a Mozambique en 1994 a bordo de un regimiento de la ONU, con la misión de pacificar el país: cambiaron metralletas por azadones y aperos de labranza. Recorrió el territorio enseñando una palabra jamás escuchada: democracia. Encontró un pueblo amable y dolido, víctima de 17 años de una guerra civil no comprendida (impuesta desde el exterior), y un lugar rico y hermoso donde paz y libertad eran posibles. La ONU seguía ruta hacia otros países vecinos e igualmente necesitados, pero ella optó por quedarse y continuar ayudando («¿y ahora qué?, ¿aquí se quedan éstos?», se preguntó. Mozambique era entonces el tercer país más pobre de la Tierra). Eligió la acción directa e individual: la creación de trabajo y la formación, porque la caridad (llámese cooperación u ONG) crea dependencias y servilismos. Sola de necesidad, Ana Alonso, rubia, blanca y corajuda, comanda en los feraces bosques mozambiqueños una legión de unos 150 hombres (según temporada) y dos mujeres. Dirige una concesión forestal de 600 kilómetros cuadrados y su explotación maderera siguiendo, firme como un general, tres principios de vida: sostenibilidad o regeneración (de la naturaleza), solidaridad (humana) y transparencia (económica); y una sola consigna: tolerancia y autoridad al 50%, la consigna que guiaría a cualquier madre buena. El Club de las 25, ese grupo de mujeres profesionales que lucha por los derechos de su género, le entregó el pasado febrero en Madrid el Premio Pilar Miró a la Mujer del Año, por su labor libertaria en esta esquina del África austral.

En misión de paz. Es de profesión periodista y es madre de un solo hijo. Cuando su intuición le dijo que desde aquella redacción nada más podía hacer (entre otras cosas y tertulias, firmaba una columna de opinión muy leída en La voz de Galicia), presentó una candidatura para trabajar en Naciones Unidas, «quería ir a Bosnia y parecerme a Hemingway, pero me enviaron a Mozambique». La misión no le defraudó, al contrario, «la operación de paz que se hizo en este país fue una de las mejores que jamás haya hecho la ONU. Durante un año nos dedicamos a organizar acuerdos de buena voluntad entre RENAMOS (Resistencia Nacional Mozambiqueña, opuesta al comunismo) y FRELIMOS (Frente de Liberación de Mozambique, de corte marxista, en el Gobierno desde la independencia de Portugal en 1975). Conocí el África profunda, donde la gente, asustada y aislada, todavía se arrodillaba cuando llegábamos. Me impresionó el país, donde una mujer sola y blanca podía moverse con más seguridad que en España. Y no me impresionó para nada Naciones Unidas, invento promovido y férreamente dominado por el fundamentalismo sionista, una organización perversa por su capacidad de manipulación, donde no está claro qué es ayuda y qué, negocio. Como tampoco me impresionó la fauna de cooperantes, bajo una palmera engullendo langosta mientras los chavales lavaban sus 4x4 con emblemas tipo save the children en sus costados». Estas reflexiones le animaron a materializar algo que venía gestándose en sus sueños: la acción individual, «un factor imprescindible en el desarrollo de los pueblos: no se puede supeditar todo a la acción colectiva».

Instaló su centro vital en Beira, segunda ciudad de Mozambique. Pero Ana Alonso no vive en Macuti, el barrio segregado de los cooperantes o «profesionales de las ONG», como a ella le gusta definirlos: granjas exclusivas o reservas en medio de la miseria global, donde un apartamento de 40 metros cuadrados se alquila por 1.000 dólares al mes (el salario interprofesional en Mozambique es de 45 dólares mensuales; el 60% de la población, 20 millones, vive con menos de un euro al día); oasis con restaurante incluido en sus murallas, férreamente controladas por rambos de seguridad privada. Ella vive alineada con la playa, con el pueblo, envuelto Beira en un olor pertinaz al pescado tendido a secar en las estribaciones playeras. Apenas un guardia tuerto vigila sus noches, apenas un muro bajo separa su patio del arenal. En el África austral la oscuridad se echa a las seis de la tarde, invierno y verano; pero Ana no cierra ventanas, no tiene persianas, apenas tules o mosquiteros que le dejen ver el cielo y sus infinitas galaxias. El silencio retumba en las maderas duras de sus suelos, paredes, escaleras: huele la casa a árboles vivos; tan sólo su portátil le conecta al mundo que dejó atrás, donde también quedó su literatura: Ana Alonso (que entonces era Ana Liste, nombre romántico que adoptara de su ex marido, farero en la isla gallega de Ons) fue Premio Esquío de poesía, uno de los más prestigiosos de Galicia; aquellos mismos poemarios, novelitas de época, reposan en sus mesas para ser una y otra vez releídos.

Ana atiende en la puerta de su casa, «es como ir al supermercado». Sus proveedores son los muchachos que cada mañana recogen el trasmallo frente al ventanal: gambas, langostinos, besuguitos traen, país éste de enorme riqueza pesquera. De todo le traen y lo que no, lo encarga a doña Fátima, su gobernanta: arroz de coco con pasas, algo de carne vieja (las terneras son sagradas), fruta, galletas y mantequilla. Su vida transcurre en la soledad y de aquí para allá, deprisa siempre, papeles, gestiones, permisos, avituallamiento, bancos, aquellas calles sin asfalto a lo largo; apenas se acerca a los dos cafés centrales de la ciudad frecuentados por blancos y mulatos, vestigios del colonialismo portugués, idénticas vitrinas al café de Belem o cualquier otro lisboeta, y coge su ¡Hola! semanal y veloz se toma una Coca-Cola: no cabe más ligereza en sus días.

Empresaria solidaria. Era algo fácilmente apreciable a vista de pájaro, o sea a bordo de un helicóptero de la ONU cruzando sierras, florestas y sabanas: la riqueza natural de Mozambique no nace sólo en el mar. «La madera es un bien precioso y escaso, con ella construimos casas y barcos, cunas y ataúdes, pero también financia nuestras guerras, y ahí es donde yo me planté, con suerte y buena puntería». La puntería de una francotiradora: se acogió a los programas de ayuda a inversores extranjeros que entonces ofrecía el Gobierno, «elegí el sector forestal porque las guerras se costean con drogas, diamantes y madera. Obviamente, las dos primeras opciones eran territorio sellado para mí, pero no la tercera. La posibilidad de arrebatar un pedazo de tierra a los desestabilizadores para dedicarlo a fines pacíficos y capaces de distribuir riqueza me pareció interesante». Así pues, se quedó, y luchó por conseguir una concesión forestal, afinando puntería, eso sí: eligió un territorio, en el distrito de Malinguè, provincia central de Sofala, recorrido por la mejor carretera de África, que entonces proyectaba y construía el Banco Mundial. Unos 10 años ha tardado en lograr la concesión (duradera por 50 años, sobre una extensión equivalente al área metropolitana de Madrid) y promover esto que ella misma denomina un modelo de «producción forestal inteligente» o lo que internacionalmente se suele llamar «sostenible».

Trabajadores privilegiados. Creó una empresa, Euromoz, de comercio justo como alternativa a las ONG, «que no generan beneficio ni riqueza, sino que la malgastan; que no generan infraestructuras ni imparten conocimientos, que sólo gastan el dinero que no es suyo, sino de otros (caridad) o de todos (impuestos)». Al correr del tiempo, ha logrado enseñar un oficio a unas 600 personas; actualmente, con ella trabajan 150, que pueden llegar a 200 en épocas de alta producción, entre aserradero e incipiente taller artesanal, oficinas, centro de plantación e investigación, y el trabajo a pie de tierra, o sea en el bosque o lo que ellos denominan mato. Muchos trabajadores para una provincia donde el índice de asalariados no supera el 1%, con un sueldo oficial más incentivos que les convierte en auténticos privilegiados.

No ha sido un camino fácil el que ha recorrido. Primero fue la concienciación: enseñar a sus trabajadores el respeto a la naturaleza en un país donde la madera se desperdigaba por caminos, al albur de pequeños productores locales y los designios del oportunismo: «Éste es un sector muy vulnerable a la especulación», se explica. «Muchos madereros venden su producto muy por debajo del precio de producción, y ¿dónde se queda el margen económico no declarado? Pues en las Barbados, por ejemplo». El Banco Europeo ha denunciado recientemente que el flujo de capitales que sale de África hacia Europa es mucho mayor que el que circula en sentido inverso. En su caso, ni un solo metical (moneda local) procedente de Euromoz ha salido del país en estos 11 años: todo se reinvierte (el beneficio neto esperado para 2006, después de tantos años de trabajo, se estima en más de 275.000 dólares). Además están las formas de explotación, las que abaten el bosque a base de bulldozers o incendios, y las que lo miman. Ana Alonso cuenta con sus ojos albinos, sentido y sensibilidad de madre, y también, con la ayuda del nfumo (druida) local para localizar y bendecir los árboles de respeto, A. R., aquéllos que deben resistir la tala y que en la época de reforestación, allá por noviembre, prestarán sus semillas para la reproducción asistida.

Son las seis de la mañana y el desayuno tiene dos protagonistas, Samito, un joven de aspecto pulcro que ha subido de la oficina (en la planta noble de la casa), y la paciencia de Ana. El océano por testigo, sentados a uno y otro extremo de su mesa de despacho personal (primer piso de la casa), la señora, que sólo Dios sabe si a esta hora del día llevará algo en el estómago además del humo de varios cigarrillos, repasa sus haberes y deberes, consulta su ordenador, mientras trata de enseñar al joven el sentido y la función de una regla de tres. Ha transcurrido una hora y Samito y la tenacidad de Ana Alonso por hacer de él un contable continúan su lucha titánica, ante el mismo océano, apenas alterado el aire por más humo de cigarrillos y algún que otro grito: «¿X igual a...?».

Es día de abastecimiento, víspera del viaje al mato. Las compras se hacen en el mercado de A praia nova, algo así como una boca de infierno que muere en el mar, sembrado el mar de cayucos amarrados, cubierta la arena primero de redes y luego lonas donde se seca el pescado menudo, que se empaca en sacos y así se vende, al peso, al mejor postor. Pescado, mantas, patata negra africana que refuerza las defensas, ropa siempre de segunda mano, que también Ana viste, porque es buena y económica, apenas hay que pasarle una lejía. En el camino al mato se abastece de pescado fresco del río, que venden los muchachos cruzados en el asfalto, y de hortalizas, en un mercado como garganta de lobo. Una treintena de niños la rodea con sus palanganas llenas, tomates, cravos (especie de pimiento), patatas, pepinos, limones, papayas, y van conduciéndola al fondo de una especie de pasillo o túnel: «Al que me empuje no le compro». Ana no vacila, no precisa guardias para imponerse a la multitud. El guardia, un ex militar de dos metros curtido en artes marciales, vigila el coche, que de no ser así sería desvalijado en cuestión de segundos. «Estos tomates, ¿cuánto?». Y el vendedor: «Setenta». «Te doy cincuenta». «Setenta». «La que compra soy yo y yo decido lo que pago por ello: cincuenta». Sale de allí con dos enormes sacos de hortalizas fresquísimas.

En el tajo. Hemos llegado en plena noche, el campamento recogido, pero el sonido del todoterreno levanta hasta el último sueño de sus moradores. Huele el aire a madera de sándalo quemada, porque su aroma espanta a las cobras de la floresta, mortíferas, y a los mosquitos invisibles que portan la malaria. Los jefes de administración y corte le dan el parte de trabajo: 114 metros cúbicos de madera cortada y estibada: el trabajo de una semana hecho en los cuatro días que ella se ha desplazado a la ciudad. Porque los ánimos del personal están muy altos, después de dos meses esperando a las licencias de trabajo, que no llegaban, estancadas en cualquier oficina a la espera del peaje consabido, prebendas que Ana Alonso se niega a consentir y en lugar de ello reparte el 10% de la empresa entre los trabajadores. Les entrega las vituallas que ha traído. «¿Os dan suficiente comida?». «Sí». «¿Seguro?». «Yo comería más», se alza una voz desde lo oscuro.

El campamento donde ella pernocta está unos kilómetros más adelante, en las instalaciones de un antiguo asentamiento para safaris construido por los colonos portugueses, posteriormente destrozado por la guerrilla y hoy, en vías de recuperación, lenta y costosa. También aquí se centran las labores experimentales de plantío y un futuro investigador que Ana ya se imagina espléndido. Hoy está contenta porque puede ofrecernos la estancia en unas tiendas recién estrenadas, traídas de Sudáfrica (un dineral). Nos ha instalado una para cada uno, pero lamentablemente acabará por acogerme en la suya: la noche y el crepitar de sus sonidos no ofrecen demasiada confianza. Duerme con el techo abierto, por no perder de vista las estrellas que nos ha regalado el baobab. Al adentrarnos en la concesión, le hemos pedido al gran árbol que nos permitiera buenas jornadas de trabajo. Llevaba el cielo dos días encapotado y amenazando con lluvia. Apenas una hora más tarde, las estrellas empezaron a tapizar el cielo...

A media noche, unas dos horas después de recostarnos en las hamacas, un griterío punzante asalta los sueños, siempre ligeros, alertas: le contagio la inquietud. Y ella, «¡guardia!» (capaz de dar órdenes hasta dormida). «¿Señora?». El guardia con sosiego le responde que son manadas de macaquiños, monos furiosos discutiendo nadie sabe qué. «Hay que dejarles, vuelve a dormir, tranquila».

Mandar como un hombre. Despierta por fin la mañana con un grupo de voces quedas y risas bajas, son una docena de jóvenes que, enterados del paso de la señora, han venido a pedir trabajo. Les atiende con su camisón blanco cubierto por un chal palestino a modo de capulana (el pañuelo que constituye la vestimenta femenina nacional). Les habla con ternura y autoridad: le pregunta a uno de ellos que qué demonios hace allí, «has faltado al respeto cuando te di trabajo, has insultado, ¿por qué vuelves?»; al resto, los manda ir al campamento mañana, día de recogida y carga de troncos. Todo lo que aquí sucede es posible porque quien comanda es una mujer (o sea una madre). La feminidad se observa también en la limpieza y el orden de los campamentos: ¡Ay de quien orine fuera del tiesto (léase letrina o foso excavado en la tierra)!

La jornada arranca a las seis de la mañana en el campamento de trabajo. Los jefes pasan lista: «Joao Sábado». «Presente». «Rami Zambo». «Presente». «Zacarías Txova». Silencio. «Marca falta», doña Ana ordena. Y a las tres faltas, el contrato claudica. «¿Estamos juntos?», ella. Y la legión, «síiiiiiiiin», con sus voces formando un coro opaco, a capella. «¿Certeza?».

«Síiiiiiiiiin», porque alargar la vocal y cerrarla es síntoma de agradecimiento y cortesía, preciosismo. Y comandados por la señora a modo de orquesta, acompasan 12 palmas y un ritmo, que es el saludo del día. «Fuerza».

Los tractores se adentran en la sabana como barcos en un mar de olas, y después de la sabana, la floresta. Delante han ido los pisteros, haciendo la basculla o prospección del corte de madera, desbrozando apenas ayer lo que hoy ya es este océano de vegetación. Comienza la selección de ejemplares. Al frente, un majestuoso pau ferro, madera preciosa entre la caoba y el ébano, alzándose el árbol inmenso sobre el suelo, «dejémoslo de respeto». «¡Ficaaaaa...!» (se conserva), se escucha la voz, y a punto el marcador de hacerle la seña: «¿Qué es aquello que tiene en la copa?», pregunta Ana, «¿hormigas o una grieta?». «Hormigas», le indican. «Enton non fica» (entonces no se conserva): buscarán un ejemplar más idóneo, portador de simientes sanas, porque, efectivamente, cuando las sierras hacen su trabajo, el interior se descubre horadado por el insecto, inservible en gran parte. Del tocón que dejan, 30 centímetros siempre sobre el suelo, brotará un ejemplar nuevo.

La abatida ha tocado fin y se abre un pequeño descanso para el almuerzo, frijoles y masa de maíz, refrigerio que los hombres engullen en cuclillas sobre el suelo, sin necesitar más instrumento que sus manos. Los hombres comen pero ella, no. En pie desde las cuatro de la mañana, ha desayunado un café en polvo y un par de galletas, y son las tres de la tarde. Cuando caiga la noche, tal vez coma un poco de arroz, abra una lata (la que sea), y apure la oscuridad con un bourbon aguado, a la luz de una linterna de minero releyendo su literatura descatalogada.

Pero seguimos, porque ha llegado la operación de estibo: «Gravuuuuuuuu» (rueda), ruedan los troncos impulsados por la fuerza de un frente de hombres. Mientras recogen y ordenan la madera, cuatro hombres o cuatro catanas nos acompañan a revisar una picada abierta en el bosque el pasado año, para comprobar la sostenibilidad de la explotación. Al llegar a la zona abatida, no se ve un tocón, imposible, la maleza, los árboles vecinos los engullen. Y sobre cada tocón, invisible, un nuevo ejemplar creciendo en generación espontánea.

Cuando este año empiece a dar sus réditos, el propósito de Euromoz es conseguir el sello verde que garantiza una explotación respetuosa con el medio ambiente, la economía y la sociedad (sólo el 30% de la producción mundial lo tiene). ¿El problema? Quién otorga el sello. Ecologistas organizados, que cobran (muchísimo) por sus trabajos y que tal vez no sean del todo objetivos. «Estamos buscando la empresa ideal para que certifique», cuenta su presidenta. Que no sea, por ejemplo, la misma que certifica a la explotación de James White. Anthony James White: mercenario al servicio del ala dura del apartheid sudafricano; mayor responsable del genocidio de 800 refugiados de Rhodesia (hoy Zimbawe) en el campo de Nyadzania; principal sospechoso del asesinato de Olof Palme. ¿Qué sabe, cómo convive Ana Alonso con estos vecinos? «En la mayor distancia posible».

Le he preguntado a Ana Alonso qué es para ella la valentía y me ha respondido con una cita de Friedrich Nietzsche:

«La valentía se mide por la cantidad de soledad que uno pueda soportar».

 

Aprender de los árboles


Una pequeña cuadrilla de hombres barre de un lado a otro las hojas caídas del otoño austral. Clavan y amarran pequeñas estacas en torno a los tallos aún tiernos de “panga pangas” y “chanfutas” (especies de caoba). Es el plantío experimental que con todo mimo ha puesto en marcha Ana Alonso, que además mima un sueño posible, “me gustaría acoger a estudiantes de universidades extranjeras para que vinieran a experimentar”. Enseñarles, por ejemplo, que si plantas y cultivas un árbol de caoba, en cuatro años alcanza los 15 centímetros de diámetro, “o sea, como un eucalipto [maldito], lo cual rompe todas las teorías”.

El plantío funciona a las órdenes del señor Dezembro. Ana le pregunta a dónde se dirigen sus escobas con tanta hoja caída, y él: “A la cuenca seca de la laguna”. Ella le pide que las arrumbe en torno a los tallos y troncos crecidos, por si es verdad que acaba cayendo la lluvia aplazada: “Los árboles se pondrán entonces muy contentos, las hojas serán su alimento”. El asentamiento se encuentra en una zona natural de “wengué” y diferentes tipos de caoba, además del “pau preto” (ébano superior, llamado marfil negro o árbol de la música, porque con él se fabrican los más finos instrumentos musicales), “pau ferro” o palo de hierro (madera muy dura y oscura, el diamante de las maderas), el aromático sándalo y las acacias de tronco amarillo y propiedades medicinales. Lejos de abatir y desertizar los bosques, el trabajo de Euromoz cuida ante todo la pervivencia de esta riqueza que no tiene igual, y ofrece a las empresas contaminantes del planeta la posibilidad de obtener certificados compensatorios, exigidos por el tratado de Kioto, colaborando con el mantenimiento y la extensión de estos pulmones naturales de la Tierra.