EL MITO DE LOS
ORÍGENES DE LA IGLESIA
D. Rafael Aguirre
Catedrático de Teología de la Universidad de Deusto
Miramos al
pasado desde perspectivas e intereses del presente. No hacemos
un ejercicio arcaizante ni nos abandonamos a la nostalgia.
Volvemos nuestra vista al pasado para descubrir posibilidades
inéditas que enriquezcan nuestro presente y abran perspectivas
nuevas de futuro. Se suele decir que quienes controlan el
presente escriben el pasado y lo ponen a su servicio. La mejor
forma de introducir aire fresco en el presente es ver el pasado
con otros ojos, descubrir en él huellas y rostros habitualmente
ignorados, escribirlo de manera diversa.
¿En qué sentido hablo del mito de los orígenes de la Iglesia? No
equiparo el mito simplemente con una historia falsa. El mito es
historia idealizada y llevada a cabo por un grupo social que
busca referencias que le confieran identidad, para lo que
ensalza a su fundador y a sus compañeros y presenta una visión
idílica de sus inicios. La mitificación de los orígenes se
produce en todas las culturas y en los más diversos grupos
sociales. Podemos pensar, por ejemplo, en los nacionalismos, que
suelen presentar una visión mítica de los orígenes del pueblo:
una situación ideal rota, destruida por la influencia o la
agresión de factores externos. También se puede hablar de otro
tipo de grupos, como los jesuitas o los franciscanos, que
idealizan las figuran de Ignacio y de Francisco, de sus primeros
compañeros, porque encuentran en ellos un modelo de su propia
identidad. Esa visión idílica del pasado, en el fondo, es una
presentación utópica de lo que ellos desearían ser en el futuro.
Encontramos una visión idealizada de los orígenes del
cristianismo desde los más antiguos escritos, desde "Hechos de
los Apóstoles", donde se dice que los creyentes tenían un solo
corazón y una sola alma, y que lo poseían todo en común. "Hechos
de los Apóstoles" oculta las disensiones y los conflictos,
incluso las diferencias, que sin duda existían y lo sabemos.
Así, en "Carta a los Gálatas", Pablo nos cuenta el conflicto
abierto que él y Pedro sostuvieron (y además en público) en
Antioquía. Otro tanto sucederá después con la primera historia
de la Iglesia que se escribió (siglo IV), que ejerció una
influencia decisiva en las épocas posteriores. Su autor, Eusebio
de Cesarea, presentó también una visión idealizada de los
comienzos de la Iglesia; dice que era como una virgen pura y que
reinaba la armonía, la fidelidad perfecta, pero que, cuando
murió el último de los apóstoles, se introdujo el fermento del
error, las maquinaciones y las disensiones, y se rompió aquel
fervor primitivo.
Pues bien, esta visión idealizada –pero un tanto ingenua– de los
orígenes del cristianismo ha estado enormemente extendida entre
el pueblo cristiano. Sin embargo, hay que reconocer que, en
realidad, las cosas no sucedieron así. Al principio existía una
gran pluralidad de grupos que reivindicaban la memoria de Jesús
y que se extendieron con rapidez; sus contornos ideológicos eran
imprecisos, poco institucionalizados, y a veces estaban en
conflicto entre sí y dibujaban una situación muy compleja. Poco
a poco hubo una línea que fue preponderando y se fue imponiendo
hasta convertirse en la ortodoxia.
Desde luego, no quiero decir que la ortodoxia sea el mero
resultado de una correlación de fuerzas; no hay duda de que la
línea que se impuso y acabó prevaleciendo tuvo una especial
capacidad de adaptarse a la realidad, pero probablemente también
tuvo una especial capacidad para recoger la inspiración
originaria. Una institución que acepta el estudio crítico de sus
orígenes –desmitificador por fuerza– asume un gran riesgo. Se
acaban una visión y una adhesión ingenuas. Se descubre la
contingencia, la complejidad y la conflictividad que está en el
origen de toda la institución. No trato de negar que una
institución, en nuestro caso la Iglesia, pueda darse una
normatividad; lo que afirmo es la historicidad de la institución
tanto en sus elementos conceptuales como en sus elementos
organizativos. Por consiguiente, habrá que afrontar a esa
institución con flexibilidad, y habrá que tener una disposición
para adaptarla a las nuevas situaciones y a las nuevas culturas
que vayan surgiendo en el curso de la Historia.
El problema de las fuentes es siempre decisivo en la Historia.
¿Cuáles son las fuentes para formular una historia crítica de
los orígenes de la Iglesia? Contamos con una serie de escritos
que están en el Nuevo Testamento; hay también otros de autores
cristianos o de autores eclesiásticos; hay informaciones en
fuentes judías; también existen algunas fuentes –pocas, pero de
interés– en algunos autores paganos; y después nos encontramos
con esos libros apócrifos que en la actualidad suscitan tanto
interés (y hasta fascinación). Estos últimos son libros
cristianos que no entraron en el canon del Nuevo Testamento, que
no se convirtieron en documentos oficiales de la Iglesia. Se
trata de una literatura amplia, variopinta, que hay que analizar
en cada caso. Como no me puedo extender sobre esta cuestión,
haré simplemente dos afirmaciones. En primer lugar, considero
que, si bien esta literatura apócrifa aporta muy poco (casi
nada) para el conocimiento histórico de la persona de Jesús,
resulta de mucho interés para conocer la ideología, tendencias y
circunstancias sociales de diversas comunidades cristianas
primitivas. En segundo lugar, entre toda esta literatura
apócrifa destacan los textos descubiertos en 1948 en el desierto
de Egipto, de los cuales hay una magnífica y muy reciente
edición castellana. Permaneció enterrada durante muchísimos
siglos toda una biblioteca de carácter copto gnóstico del siglo
IV que puede recoger tradiciones muy anteriores (del siglo II y
quizá, en algunos casos, anteriores).
Voy a presentar a continuación un proceso muy complejo de forma
necesariamente simplificada –espero que no injusta–. Jesús
promovió un movimiento de renovación intrajudía en un momento de
grave crisis en Israel. Fue sin duda un líder carismático dotado
de una muy profunda experiencia religiosa que encontró un
notable eco popular. Sus discípulos formaban un grupo peculiar
dentro de Israel, como había otros muchos grupos: la secta de
los nazarenos, la secta de los esenios, la secta de los
fariseos, la secta de los saduceos, etc.
Jesús se
dirigió al pueblo de Israel instándole a que aceptara el Reino
de Dios y viviera en consecuencia, pero ni se dirigió a los
paganos ni pretendió fundar una institución religiosa aparte de
Israel. Tras la muerte de Jesús, su movimiento no se disolvió,
sino que continuó, y encontramos en Palestina lo que se suele
llamar "el judeocristianismo"; propiamente, la secta de los
nazarenos, que, aunque eran plenamente judíos –practicaban la
circuncisión y aceptaban toda la ley (incluidas las normas de
pureza ritual)–, creían que Jesús era el Mesías de Israel. Y
estos judeocristianos se dirigían al pueblo de Israel para que
aceptara a Jesús como el Mesías. Nos encontramos en la primera
generación cristiana: años 30-60, los años más oscuros y más
difíciles.
Dentro de este judeocristianismo conviven varias tendencias. En
primer lugar, había un judeocristianismo radical –podríamos
llamarle "la extrema derecha"– que nunca aceptó a los
procedentes del paganismo y que, aunque consideraba a Jesús
profeta, tampoco aceptó los desarrollos de la cristología
posterior, que tendió a encumbrar cada vez más la figura de
Jesús. Eran los ebionitas (hay un documento que se llama
"Evangelio de los Ebionitas"), que no se incorporaron nunca a la
gran Iglesia, pero que pervivieron durante mucho tiempo, hasta
el punto de que Mahoma estuvo en relación con ellos, de manera
que la figura de Jesús profeta que aparece en el Corán se debe a
la influencia de estos grupos judeocristianos.
Hay un segundo grupo judeocristiano, también muy estricto, que
lo encontramos en Jerusalén en torno a Santiago, el hermano del
Señor. En los años 43-44, Agripa mata a Santiago el Zebedeo, y
Pedro tiene que huir de Jerusalén; el grupo de los doce se
disuelve como tal, y queda Santiago, el hermano del Señor, como
líder de la comunidad de Jerusalén. Aparece en ese momento
dentro de la Iglesia madre un cristianismo de carácter
dinástico, de forma que Santiago es sucedido por otros
familiares de Jesús; este grupo es estrictamente judío, pero
acepta –aunque ciertamente con muchas condiciones– la
incorporación de personas procedentes del paganismo. Este grupo
de judeocristianos acabó incorporándose a la gran Iglesia.
Finalmente, hay un tercer grupo de judeocristianos palestinos
más abiertos. Reivindican la figura de Pedro y ante los paganos
adoptaban una postura aún más abierta.
A continuación sucederá un acontecimiento clave que marcó toda
la historia posterior. En el año 66, el pueblo judío se subleva
contra los romanos, y las tropas de Tito invaden Palestina;
llegan hasta Jerusalén, arrasan la ciudad y destruyen el templo.
Los hechos introducen una crisis enorme, porque se destruye el
templo, el sistema cultual, el sacerdocio, los sacrificios, etc.
Es decir, se destruye lo que había sido la columna vertebral del
pueblo judío hasta ese momento. Entonces, el pueblo judío tiene
que reformular su identidad, para lo que se le ofrecen dos
alternativas. Por un lado, tenemos la línea farisea en torno a
la ley, que se plasmará en el siglo II en la Mishnah (una
recopilación de leyes que más tarde generará el Talmud); ése es
fundamentalmente el judaísmo que ha llegado hasta nuestros días.
Por otro lado, aparece la alternativa judeocristiana: aceptar a
Jesús como Mesías y asumir que con él ha llegado el Reino de
Dios. La polémica es intrajudía, pero muy dura (se trata de ver
quién prevalece dentro de ese pueblo), y quedó reflejada en
muchos textos del Nuevo Testamento.
El desenlace lo conocemos. En el seno del judaísmo preponderó la
línea farisea, que copó las sinagogas, de las cuales fueron
excluidos poco a poco, en un proceso paulatino, traumático y muy
duro, los judeocristianos, quienes se fueron configurando como
una realidad sociológica y teológicamente diferenciada. Por así
decirlo, era el surgimiento de una nueva religión: el
cristianismo.
De todos modos, no precipitemos los acontecimientos. En una
cuestión tan compleja hay que contar con otro factor decisivo:
el pagano-cristianismo. Fuera de Palestina se produjo un
fenómeno trascendental: hubo grupos de seguidores de Jesús que
aceptaron en su seno a paganos, sin someterles a la circuncisión
ni obligarles a cumplir la ley ni las normas de pureza ritual.
Alrededor de las sinagogas judías de la Diáspora era frecuente
la existencia de grupos de paganos que se sentían atraídos por
el monoteísmo y por la moral judía. Algunos de ellos llegaban
incluso a hacerse judíos: eran los prosélitos. Otros, en cambio,
no llegaban a tanto; simpatizaban, incluso participan en el
culto de la sinagoga; eran los temerosos de Dios. Pues bien,
parece que entre estos temerosos de Dios se reclutaron los
primeros paganos que se hicieron cristianos; el hecho se explica
porque, en el fondo, para ellos el cristianismo era un judaísmo
más accesible, debido a que no les imponía el engorroso rito de
la circuncisión ni las normas de pureza ritual que regían los
matrimonios o las costumbres alimentarias, que suponían una
grave dificultad para su relación con el entorno pagano.
Y aquí nos encontramos con un personaje clave, muy discutido en
su tiempo y a lo largo de todos los tiempos. Se trata de Pablo
de Tarso, un gran estratega, un gran ideólogo y un gran teólogo.
Hay una línea central que dirige la estrategia y el pensamiento
de Pablo: el universalismo. Él quiere un cristianismo que salte
las barreras étnicas, que esté abierto a todo tipo de personas;
para hacerse cristiano no hay que hacerse previamente judío. El
cristianismo debe poder extenderse y llegar hasta los confines
del mundo entonces conocido. El universalismo tiene,
naturalmente, otra faceta: las comunidades paulinas poseen una
gran capacidad de integración. Son comunidades donde se juntan
gentes de muy diferente procedencia, comunidades socialmente
heterogéneas y culturalmente mestizas.
Esta visión constituye una gran novedad histórica que está, a mi
juicio, en la raíz del "éxito" histórico que obtuvo este
cristianismo de origen paulino. Naturalmente, Pablo –como todos
los innovadores– tuvo que afrontar grandes dificultades y
enormes controversias. De todos modos, hay dos principios a los
cuales Pablo nunca renunció. El primero fue el principio de la
libertad. En todas sus cartas, Pablo no se cansa de repetir que
el ser humano es un ser libre de la ley, de las normas de pureza
ritual y de toda vinculación étnica. El segundo principio es la
unidad de sus comunidades, si bien no cualquier tipo de unidad.
En efecto, no se trata de la unidad de comunidades monocolores,
sino de comunidades enormemente plurales en las que se reúnen
gentes que pertenecen a grupos que en la sociedad estaban a
veces incluso seriamente enfrentados. Ésa es la unidad que
aparece decisiva para Pablo, y que él considera una verdadera
innovación histórica.
Pablo está
entre dos mundos. Él es judío, y lo proclama con orgullo: él es
hebreo e hijo de hebreos. Sin embargo, al mismo tiempo también
pertenece al mundo helenista, puesto que es de Tarso, domina el
griego y conoce bien los procedimientos de la retórica
helenista. Por ello, tiene que afrontar un doble peligro. En
primer lugar, se enfrenta al peligro de los cristianos radicales
que acusan a Pablo de no haber conocido a Jesús y de despegarse
de sus enseñanzas; proclaman, por ejemplo, que para ser
cristiano hay que hacerse judío, con ley y circuncisión
incluidas. En segundo lugar, están los gnósticos, que disolvían
la fe cristiana en una serie de especulaciones filosóficas
helenistas, en una actitud propia de élites intelectuales que
produjeron mucha literatura y que consideraban que la salvación
consistía en la conciencia del yo profundo, de una chispa divina
que todos tenemos en nuestro interior, pero que está encarcelada
por la materia. Estos dos peligros con los que tuvo que
enfrentarse Pablo (el rigorismo legalista de los judeizantes y
el subjetivismo individualista de los gnósticos) reaparecerán
constantemente, con formas diferentes, a lo largo de la
Historia.
La tradición paulina continuó después de la muerte del apóstol.
Hay una serie de cartas que aparecen como de Pablo, pero que en
realidad fueron escritas por discípulos suyos ("Carta a los
Colosenses" y "Carta a los Efesios", en torno al año 80; y
"Primera y Segunda Carta a Timoteo" y "Carta a Tito", de
principios del siglo II). A lo largo de ellas descubrimos un
proceso de institucionalización, algo inevitable porque, si no,
un movimiento en sus inicios carismático habría dejado de
existir. En este proceso de institucionalización podemos
descubrir tres factores clave. El primero es la delimitación de
un cuerpo doctrinal preciso, de forma que la fe se va
presentando cada vez más como el asentimiento intelectual a un
conjunto de verdades. El segundo elemento está constituido por
el fortalecimiento de la organización del grupo; surgen
ministerios y estructuras de gobierno cada vez más claras.
Finalmente, el tercer elemento es la acomodación al mundo. En
primer término, la acomodación al imperio; así, por ejemplo, se
pide respetar a las autoridades imperiales y llorar por ellas.
En segundo término, hay también una aceptación de las
estructuras patriarcales de aquella sociedad. En este sentido,
la mujer, que al principio había tenido un notable protagonismo
en el movimiento de Jesús, lo va perdiendo; en este momento, la
mujer queda ya muy relegada en las cartas pastorales porque la
comunidad cristiana ha interiorizado la estructura patriarcal de
la sociedad en el que se encuentra.
Este proceso de institucionalización –como sucede siempre– fue
muy conflictivo y provocó reacciones adversas. En primer lugar,
y aunque pueda parecer un poco extraño, hay que mencionar la
redacción de los evangelios. Los evangelios se redactan al mismo
tiempo que las cartas post-paulinas a colosenses y efesios, y su
finalidad es recuperar la radicalidad de las tradiciones
originarias de Jesús, las cuales, con el proceso de
institucionalización, se estaban diluyendo. La segunda redacción
se encuentra en otras tradiciones y otros escritos que
interpretaban a Pablo de una forma muy diferente a como lo hacía
la tradición oficial ortodoxa, la que entró en el canon del
Nuevo Testamento; pero esas tradiciones a las que me refiero
también reivindicaban la autoridad de Pablo y desarrollaban
aspectos muy presentes en su mensaje, como la libertad, el
carisma, la presencia del espíritu o el protagonismo de la
mujer. Dichas tradiciones paulinas apócrifas que quedaron como
heterodoxas, pero que fueron muy importantes en Asia Menor
durante el siglo II y rivalizaron con las ortodoxas, han dejado
escritos (por ejemplo, los hechos apócrifos de Pablo y Tecla, y
algunos evangelios apócrifos, entre los cuales destacaría el de
María Magdalena, que se caracterizan por reivindicar el papel y
el protagonismo de la mujer).
Puede considerarse que el proceso formativo del cristianismo
termina a finales del siglo II, cuando se establece el canon del
Nuevo Testamento. Que el grupo cristiano constituya un cuerpo de
escritos y los considere sagrados y normativos significa que
tiene ya una identidad propia y separada del judaísmo. El canon
del Nuevo Testamento (un conjunto heterogéneo de veintisiete
escritos) supuso una selección. Había otros muchos escritos
cristianos, pero con una gran característica: su carácter amplio
y plural. A diferencia de los cánones que hacían las sectas, que
siempre eran muy reducidos, puesto que seleccionaban un escrito
con el que se podían identificar plenamente. En cambio, con el
canon del Nuevo Testamento no sucede así; en él coexisten
escritos aparentemente tan antagónicos como "Carta a los
Gálatas" –que afirma con enorme entusiasmo que Cristo ha venido
para liberarnos de la ley– y "Carta de Santiago" –que contiene
una defensa encendida de la ley judía en todos sus términos–.
Coexisten escritos que propugnan actitudes muy diferentes ante
el imperio romano; así, las cartas pastorales piden obediencia y
sumisión a las autoridades imperiales, mientras que, en cambio,
"Apocalipsis" –que también está en el canon– defiende la
resistencia y la denuncia del imperio y de sus autoridades. Por
tanto, en el canon del Nuevo Testamento –y no digamos nada si
incluimos a la literatura apócrifa– descubrimos una enorme
pluralidad y una enorme conflictividad. Puede decirse sin
exageración que el cristianismo primitivo fue mucho más plural y
conflictivo que el cristianismo de nuestros tiempos.
Este rápido
periplo por los orígenes del cristianismo me da pie para
realizar a continuación algunas reflexiones finales sobre el
pasado que he reflejado y el presente que vivimos. En primer
lugar, quiero indicar que estudiamos el pasado no porque
busquemos recetas para el presente, pero sí nos mueve el deseo
de recuperar posibilidades perdidas y abrir perspectivas nuevas.
En el cristianismo de los orígenes llama la atención la libertad
de expresión, el contraste de opiniones –incluso la seriedad de
los conflictos–. Ya sé que las cosas han cambiado mucho y que,
con el paso del tiempo, las instituciones hacen más firmes y más
precisas sus reglas; pero hoy día existe entre muchos cristianos
un disenso amplio, indoloro, silenciado en público, con respecto
a criterios que inculca con reiteración el magisterio
eclesiástico. Es una situación malsana que no refleja unas
estructuras fraternas y que oculta un grave conflicto latente.
No vale –es muy malo– esconder la cabeza debajo del ala. Pienso
por ello que la mirada a los orígenes invita a ampliar la
libertad de expresión en el seno de la Iglesia, a no zanjar
precipitadamente los debates. Tengo la impresión de que a veces
se habla de forma contundente y rápida de temas muy complejos.
Hay un tipo de cuestiones para las que quizá sería oportuno un
lenguaje menos pontifical y más fraterno que hiciera posible una
mayor participación de la comunidad en la elaboración de la voz
de la Iglesia, un lenguaje que, en lugar de dar siempre
respuestas claras, planteara preguntas e hiciera ver que la
Iglesia, sin renunciar a sus propias ideas, está en búsqueda
fraterna junto con el resto de la humanidad.
En segundo lugar, el estudio crítico de los orígenes introduce
la historicidad en la consideración de las estructuras
eclesiales, lo cual es muy serio, porque la Iglesia puede darse
su propia normatividad –y esto es plenamente legítimo–, pero no
puede justificar precipitadamente con argumentos teológicos un
proceso histórico. Fijémonos en que Pablo no repite el mensaje
de Jesús; Jesús anuncia constantemente el Reino de Dios, y esta
expresión prácticamente desaparece de las cartas de Pablo. Más
aún: Pablo apenas cita palabras de Jesús, sino que en sus cartas
solamente se encuentran algunas alusiones a palabras del
Maestro. Creo que Pablo es fiel a Jesús, pero con creatividad y
libertad. Para nuestro tiempo diría que hay que evitar una
consideración anquilosada de las declaraciones doctrinales y
dogmáticas. No basta con repetirlas, sino que necesitan ser
reinterpretadas para que sean significativas en el presente.
En tercer lugar, deseo referirme a la pluralidad de modelos
eclesiológicos que encontramos en el Nuevo Testamento. Están las
comunidades paulinas –a su vez muy variadas–, pero también las
judeocristianas. Esta pluralidad nos enseña que la unidad de la
Iglesia no significa en absoluto uniformidad. Por tanto, el
ecumenismo tendrá que entenderse sobre todo como el
reconocimiento recíproco de la pluralidad de las diversas
Iglesias, bien entendido que esto no elimina la necesidad de
unos consensos básicos cuya obtención puede ser difícil, pero
que no se identificarán con todos los perfiles de ninguna de las
Iglesias actualmente existentes.
En cuarto lugar, cada vez me parece con más intensidad que
nuestra situación tiene más similitudes con la de Pablo.
Imaginemos a Pablo cuando llegaba a Éfeso, a Corinto, a Atenas,
a todas aquellas grandes ciudades donde estaban las más famosas
escuelas de filósofos y llegaban los más diversos cultos, muchos
procedentes de Oriente. Eran ciudades cosmopolitas, un hervidero
de vidas, ideas y negocios, donde Pablo no es extraño que un
tanto atribulado se preguntara, al llegar a ellas, por dónde
empezar a anunciar el evangelio. Pues bien, tengo la impresión
de que en Europa occidental estamos en una situación
paulatinamente parecida a la de san Pablo: los cristianos somos
cada vez más una minoría en medio de un océano de indiferencia
religiosa. ¿Qué hizo Pablo? Él, por supuesto, no participaba en
los cultos públicos, él era muy crítico con muchos de los
valores socialmente hegemónicos y establecidos. Sin embargo,
Pablo no se enfrentó directamente contra el culto imperial
–habría sido suicida– ni pretendió erigirse en interlocutor
directo del imperio –habría supuesto una ingenuidad–. Creo, por
el contrario, que lo que Pablo intentó fue introducir los
valores evangélicos en el tejido social. Él iba estableciendo
comunidades domésticas, socialmente bien asentadas, con
estructuras ágiles y flexibles que podían extenderse, con
capacidad de acogida, que establecían relaciones con comunidades
de otras ciudades.
Con todas las transposiciones requeridas por la diversidad de
los tiempos y de las circunstancias, creo que encontramos en
Pablo una referencia especialmente válida. Pienso que la Iglesia
en España y en otros lugares de Europa está amenazada por la
nostalgia de otras épocas en las que gozaba de centralidad
social y de capacidad para condicionar la vida política. Sin
embargo, la realidad sociológica ha cambiado. Además, creo que,
por fortuna, en España estamos en un estado constitucionalmente
no confesional, lo que para mí es lo mismo que decir en un
estado laico. Sinceramente, creo que la época de los nuncios
–representantes del Estado Vaticano ante los gobiernos de los
diversos países–, que aquella época en que la Iglesia aparecía
como interlocutora directa ante los Estados, con capacidad de
condicionar las legislaciones, toca a su fin.
Hay un tipo de cristianismo que tiene los días contados. Nuestra
situación se parece más a la del cristianismo de los orígenes.
Aquellos primeros seguidores de Jesús no crearon guetos aislados
en su sociedad, en absoluto, pero influyeron y transformaron la
sociedad imperial no en virtud del poder de sustitución, sino
porque crearon desde abajo una red de comunidades
participativas, ágiles, con capacidad de adaptación y de
extensión en las que la fe se expresaba como generadora de
fraternidad, superadora de tribalismos y discriminaciones,
solidaria con los más necesitados, en las que encontraban
identidad y reconocimiento gentes marginadas o desorientadas en
el mare mágnum del imperio. En contra de lo que a veces se dice
(que el cristianismo se extendió porque un determinado emperador
lo convirtió en la religión oficial y lo impuso desde arriba,
desde el poder político), los emperadores Constantino y Teodosio
acabaron reconociendo al cristianismo como la religión oficial
porque ya desde hacía tiempo era una ideología emergente que
respondía a necesidades muy sentidas, que se había ido
extendiendo y convirtiendo en hegemónica en el seno del tejido
social del imperio.
En este punto, no puedo dejar de referirme –aunque sea a modo de
desahogo– a lo que estos días estamos viviendo, aun a riesgo de
adentrarme en un terreno muy discutible. En España,
desgraciadamente, existe el peligro de que la religión se
convierta otra vez en campo de batalla política, de que vuelva a
abrirse la vieja cuestión religiosa. Naturalmente, pienso que en
ningún caso se volverán a presentar las cosas con la virulencia
y la agresividad que tuvieron en tiempos pasados. Por una parte,
el gobierno está adoptando una batería de medidas que afectan a
la institución eclesiástica y a la conciencia religiosa. Por
otra parte, nos encontramos con que la Iglesia española lleva
años optando estratégicamente por grupos que se caracterizan por
la afirmación de la identidad católica de forma sumamente
conservadora. Hay algún periódico bien conocido que se agarra al
factor religioso para reproponer la unidad política de los
católicos y lanzarlos contra el gobierno socialista, mientras
algún otro periódico no menos conocido nos bombardea con
frecuentes reportajes que presentan a la Iglesia como una
institución en declive y casi en extinción en España.
Algunos nos
sentimos profundamente incómodos en un conflicto que, pensamos,
debe evitarse. Nos sentimos incómodos porque somos partidarios
de una Iglesia que acepte la laicidad, que se encuentre cómoda
en la democracia, que reconozca que hay unos representantes
legítimamente elegidos para legislar para una sociedad plural,
que no se puede imponer a toda la sociedad lo que son las
exigencias máximas de la moral cristiana. Creemos en una Iglesia
que se autofinancie y que ni oculte el evangelio ni se pliegue a
las convenciones dominantes, pero que también escuche, aprenda y
hable más como hermana cercana que como maestra omnisapiente de
la humanidad.
Del mismo modo, nos sentimos incómodos porque pensamos que los
valores religiosos rectamente entendidos y depurados enriquecen
la razón de la modernidad y resultan profundamente humanizadores.
En el cristianismo de los orígenes –concretamente en el siglo II–
hubo quienes decidieron dar el paso decisivo. Son los padres
apologetas, los primeros que realizaron escritos dirigidos no al
interior de las comunidades cristianas, sino dirigidos a los
paganos, a la sociedad que les rodeaba; intentaban entablar un
diálogo para explicar su postura. Entre estos apologetas destaca
san Justino –que, por cierto, era oriundo de Nablus, una ciudad
del centro de Palestina que, por desgracia, tanto aparece ahora
en la prensa–. San Justino afirmaba que el logos divino, el
verbo de Dios, se ha manifestado en Jesucristo, pero que
también, a su modo, se había manifestado en los filósofos
griegos y en muchos poetas paganos. Es decir, adoptaba una
postura de apertura y de receptividad no exenta de crítica ante
la cultura greco-helenista, y así resulto el cristianismo como
una realidad universal, no sectaria, mestiza.
Acabaré con dos sugerencias: la primera sobre los orígenes y la
segunda sobre los frutos de estos orígenes. Después de todo lo
dicho, es obvio que la Iglesia no fue fundada por Jesús, en el
sentido de que no se basa en decretos explícitos, fundacionales
y suyos con los que habría previsto una nueva institución
religiosa (ni mucho menos sus formas organizativas). La Iglesia
surge en la Historia a través de un proceso evolutivo. Quizá
para el historiador –y desde luego para el teólogo– el problema
no es si Jesús fundó la Iglesia, sino si la Iglesia está fundada
en Jesús y en los valores que él promovió. La valoración de los
orígenes suele ser discutible, dispar y hasta opuesta.
Da la casualidad de que este mes de noviembre hace quince años
que fueron asesinados en El Salvador seis jesuitas de la UCA
(Universidad Centroamericana) y dos mujeres (madre e hija) que
trabajaban con ellos. Entre los asesinados había dos vizcaínos,
Juan Ramón Moreno (de Bilbao) e Ignacio Ellacuría (de
Portugalete). Quisiera que mis últimas palabras fueran de
recuerdo y homenaje para estas personas que creo que son de lo
mejor que tiene la humanidad.
El asesinato se cometió en la madrugada del martes al miércoles;
el viernes anterior, Ellacuría había estado en Bilbao, y estuve
hablando con él casi toda la mañana en Deusto. La guerra en El
Salvador se había puesto aquellos días al rojo vivo, y el
ejército tenía rodeada la universidad. Le decíamos a Ellacuría
que en aquellas condiciones –y con las amenazas que siempre
pendían sobre él– debía esperar, que no debía regresar todavía a
El Salvador. Nos contestó que precisamente por eso, él –como
rector– tenía que estar allí con sus compañeros. Calculaba que
no se atreverían a atacarles, que irían dentro del recinto
universitario. Sería demasiado patente la autoría del ejército,
nos decía, pero era muy consciente del peligro que corría con su
viaje.
Ellacuría y sus compañeros tenían una única arma: su ejemplo de
vida y su palabra rigurosa, libre y valiente. Les acusaban de
que subvertían al pueblo, notable semejanza en su actitud, en
las acusaciones y en su muerte con aquel que está en el origen
del cristianismo, porque, más allá de todos los mitos
posteriores, está la dura e innegable realidad de un
crucificado. Es verdad que hay mucha hipocresía y polvo y barro
escondido –y utilizo una expresión de Fernando García de
Cortázar– en los pliegues de la tiara, pero los mismos orígenes
reivindicados por las tiaras siguen generando muchas vidas de
entrega, de libertad y de amor, como las que fueron brutalmente
asesinadas hace quince años. Por cierto, aquella madrugada, los
asesinos también actuaron en el nombre de Dios.